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La mañana fresca y diáfana del 3 de febrero de 1989, día de San Blas,
sepultó definitivamente la interminable noche de cañonazos que precedió
la caída del general, venerado -por poco elevado a los altares- por sus
partidarios, hábiles para agradarlo con poesías, canciones o bautizando
con su nombre cuanto edificio público, plaza, calle, avenida, escuela,
puente, barrio o ciudad que se construyera en cualquier punto del
país.
La noche negra de la dictadura había terminado.
La
reacción de la ciudadanía fue tímida al principio. La gente iba a
mironear los destrozos, los restos de murallas desmoronadas, los
árboles caídos por efecto de los bombazos, como si hubiera pasado una
tormenta en los alrededores del Regimiento Escolta Presidencial.
Vacilando
al principio, con más confianza después, al promediar el día, los
asuncenos se trasladaron espontáneamente al radiocéntrico.
No había uniformados visibles. Había libertad absoluta para hablar, para desplazarse, para gritar como nunca.
Se
formaron caravanas de vehículos que saludaron con bocinazos y gritos de
algarabía la caída del “tiranosaurio”, como le marcó Roa Bastos. Los
opositores antistronistas improvisaron mítines frente al Panteón de los
Héroes. Algunos lloraban de alegría. Otros no podían creer que de un
soplo Stroessner se había ido.
Las dudas eran valederas. Alguien decía: “¡Cuidado! Puede ser una trampa”.
Habían pasado 35 años.
El
saldo de su resistencia fue de 41 muertos: el teniente coronel Miguel
Ángel Ramos Alfaro y 22 conscriptos del Ejército, 4 conscriptos de la
Armada, un subcomisario, 3 oficiales y 9 suboficiales de la Policía,
además de un civil, el francés Alain Loetscher, sorprendido entre los
fuegos en su automóvil, a metros del cuartel del Batallón Escolta.
La
Comisión Verdad y Justicia le atribuye unos 450 asesinatos y
desapariciones, además de 20 mil detenciones por razones políticas y un
número similar de exiliados, sin contar los miles de expulsados por
razones económicas, desde que asumió el control en 1954.
En los Archivos del Terror hay apenas fragmentos testimoniales de la represión.
Obligado
a capitular antes de que las fuerzas de Oviedo derribaran su búnquer
del Escolta -estremecido por los cañonazos- alrededor de las tres de la
mañana, Stroessner bajó temblando del quinto piso, seguido de sus
familiares y 17 generales leales.
Fue conducido ese viernes a la
Caballería donde permaneció hasta el domingo 5, mientras se preparaba su
exilio en Brasilia, ciudad donde murió, solo, el 16 de agosto de
2006, a los 94 años.
Durante su régimen, Paraguay fue refugio de
los delincuentes internacionales más indeseables. Pagaban millonarias
sumas “por protección”, entre ellos criminales de guerra nazis como “El
Ángel de la Muerte” Josef Mengele o Rochmann “El Carnicero de Riga”.
Algunos entrenaban en tormentos a policías de Investigaciones.
Raíces profundas
La
dictadura dejó también raíces profundas en la ciudadanía. Creó una
cultura autoritaria, de antivalores que solamente con un proceso en el
tiempo podrá ser superado por las nuevas generaciones.
“Los
paraguayos quedamos marcados por el peso de esa larga dictadura que
formó generaciones impregnadas en esa cultura y visión maniqueísta de la
política”, expresaba poco tiempo antes de morir el célebre opositor
antistronista Miguel Ángel González Casabianca, exiliado durante 25
años.
Se refería a la corrupción, la falta de ética, la intolerancia, la violencia física y verbal de los políticos
Rodríguez
y los sucesores de Stroessner y sus lacayos no aplicaron sobre ellos
el rigor que la dictadura blandió sobre los paraguayos.
La
candidez de su trato, sin cárcel para sus criminales ni devolución de lo
robado para sus ladrones de guantes blancos, permitió el reagrupamiento
de aquellos inmorales, quienes aplicaron un mazazo a la democracia en
1999, cuando lograron derrocar al gobierno constitucional y perseguir
en forma implacable a los autores de la rendición del tirano.
Los
próximos comicios de 2013, por primera vez después de una alternancia
en el poder, generan sin embargo esperanzas en un futuro que nos traiga
mejores condiciones de vida, toda vez que por fin, los gángsters de la
política sean desenmascarados a tiempo y la ciudadanía tenga así la
oportunidad real de expresarse libremente en las urnas.